Igualdad de género

Lucha contra la historia y contra el prejuicio 

Por David Quitián

Especial Revista Olímpica

Fotos Revista Olímpica

 

La inauguración de la Liga Profesional de Fútbol Femenino en nuestro país debe entenderse en dos escenarios: el primero de ellos como una lucha histórica de las mujeres, que desde el origen del fútbol fueron impedidas de jugarlo (incluso por ley, como aconteció en Brasil) por un sinfín de razones que se resumen en dos supuestos: la ofensa a la moral pública y el peligro de la procreación de la especie.

 

El segundo escenario es el del deporte como campo privilegiado para ciertas luchas sociales, entre las que destacan las libradas por dos poblaciones tradicionalmente discriminadas: los afrodescendientes y las mujeres.

El desarrollo del campeonato profesional de fútbol femenino en Colombia, es una oportunidad para reflexionar sobre el notable desarrollo que las mujeres han alcanzado en esta práctica deportiva, pero también para dimensionar las conquistas sociales de ellas, aprovechando un escenario estratégico como el deporte en general y el fútbol en particular. Las mujeres empiezan a ganar su espacio.

Equipo femenino de Colombia que logró su clasificación a los Juegos Olímpicos Río 2016, en los Panamericanos de Toronto 2015.

El protagonismo en el deporte del primer grupo es tan potente que edificó una representación social que les atribuye cualidades biológicas (juegan bien “porque son negros”) en vez de admitir que tal capacidad atlética es más resultado de la discriminación y de la respuesta política del grupo afectado, que de la naturaleza: el deporte es quizá el mejor botín de la lucha afro; cada triunfo deportivo es doble al ser también una victoria política.

 

Paralela a esa “lucha racial” se desarrolla la de género, que desafía el invento del deporte como un asunto de hombres para hombres. Tal postulado, accionado por la fuerza consuetudinaria del sistema patriarcal, relegó a las mujeres a ser espectadoras o a ser parte de la recompensa de los campeones que disfrutan de sus besos en las ceremonias de premiación, como todavía acontece en el ciclismo.

El protagonismo en el deporte del primer grupo es tan potente que edificó una representación social que les atribuye cualidades biológicas (juegan bien “porque son negros”) en vez de admitir que tal capacidad atlética es más resultado de la discriminación y de la respuesta política del grupo afectado, que de la naturaleza: el deporte es quizá el mejor botín de la lucha afro; cada triunfo deportivo es doble al ser también una victoria política.

 

Paralela a esa “lucha racial” se desarrolla la de género, que desafía el invento del deporte como un asunto de hombres para hombres. Tal postulado, accionado por la fuerza consuetudinaria del sistema patriarcal, relegó a las mujeres a ser espectadoras o a ser parte de la recompensa de los campeones que disfrutan de sus besos en las ceremonias de premiación, como todavía acontece en el ciclismo.

Dicha naturalización masculina del deporte, armoniza con lo que sigue ocurriendo con la sociedad en general: las posiciones sociales y las relaciones de poder se articulaban alrededor del género (y también alrededor de lo étnico). Había cargos y roles exclusivamente para hombres y para mujeres, en los que ser presidente de la república, sacerdote y futbolista eran posibilidades prohibidas para las mujeres; de hecho las dos primeras siguen vigentes.

Paralela a esa “lucha racial” se desarrolla la de género, que desafía el invento del deporte como un asunto de hombres para hombres. Tal postulado, accionado por la fuerza consuetudinaria del sistema patriarcal, relegó a las mujeres a ser espectadoras o a ser parte de la recompensa de los campeones

Contragolpe al prejuicio

Por eso la existencia de cada mujer deportista es un logro para aplaudir: es fruto de una lucha ganada en la micro-física del poder cotidiano contra el sistema social establecido; esto es particularmente meritorio en disciplinas deportivas tradicionalmente consideradas como masculinas, como los deportes de contacto (entre ellos el boxeo) y el fútbol. Basta ser niña e intentar convencer a los padres de querer practicar alguno de esos deportes, para sentir el peso de la sanción social, expresado en lapidarios prejuicios como: “mujer que juega fútbol es lesbiana o marimacho”.

En este contexto de dominación masculina que ejerce violencia real y simbólica contra las mujeres que se atreven a practicar ciertos deportes (está claro que disciplinas como la gimnasia y el voleibol escapan de ese estigma), emerge el fútbol femenino que –con excepciones- tiene desarrollos sobresalientes en sociedades en las que el fútbol masculino no es tan importante: Estados Unidos, Canadá, Noruega, Suecia y la misma China.

 

En los Estados Unidos, por ejemplo, el fútbol ‘soccer’ es todavía considerado “cosa de mujeres y de inmigrantes latinos” (allá el fuerte es el otro fútbol, la variación del rugby disputada en el Super Bowl), lo cual refleja la condición periférica en la que se encuentra. Esta situación se expresa en la diferencia en el tratamiento que la propia FIFA da al fútbol femenino en relación con el masculino: los calendarios, los horarios de los juegos y las condiciones de las propias canchas (las mujeres, por ejemplo, han jugado mundiales en césped sintético) aun parecen un complemento, un añadido, del establishment masculino del balompié.

Esta es una asimetría también reflejada en la exposición mediática, mercadeo, premios, salarios y las diferencias de estatus entre la industria del fútbol practicado por hombres, del ejercido por mujeres.

 

Allí, la plusvalía masculina es estructura estructurante, al proponer un libreto viril para el deporte (replicado por deportistas, periodistas, publicistas e hinchas) en el que la fuerza, el coraje y la valentía, valores asociados a lo masculino, aparecen como elementos constitutivos del deporte, en el que no hay lugar para lo débil, delicado y temeroso, es decir para el arquetipo medieval de lo femenino.

Un logro, no una concesión  

 

De ahí que la lucha de las mujeres ha sido doble: contra la historia y contra el prejuicio. A la estrategia patriarcal han opuesto la táctica de la resistencia y la resiliencia. Un buen ejemplo de ello es como han ingresado al campo masculino del fútbol, aprendiendo sus lógicas y códigos que poco a poco han ido transformando: el fútbol es el fútbol, pero una cosa es verlo practicado por hombres y otra por mujeres que no han optado por imitar, sino por construir su propio juego, su propia estética, su propio lugar.

 

Construcción progresiva que ha desminado la falacia de la ausencia de destreza por parte de las mujeres y de su “natural” debilidad: todavía la simulación de faltas y la desmedida reacción a contactos del adversario, tan típica del fútbol masculino, es prácticamente inexistente en el femenino. He ahí un intento exitoso de las mujeres por separarse del prejuicio de su debilidad.

 

Lo anterior permite decir que el fútbol femenino existe a pesar del fútbol masculino, FIFA incluida, que se vio forzada a reconocerlo, visibilizarlo y apoyarlo debido al crecimiento exponencial de su práctica social, al tamaño del mercado que concita y a la potencia política de las mujeres y sus luchas reivindicatorias.

 

En esa línea de análisis, una primera conclusión es que esa inequidad que vemos en el fútbol femenino con la relación al masculino expresa una falla de origen, que no consideró a las mujeres como sujetos de derecho ni con estatus de ciudadanas, por lo que su existencia sólo es atribuible a su lucha: es una conquista, no una concesión.

Contrastes que iluminan diferencias

 

Una anécdota ilustra las diferencias entre el fútbol practicado por hombres y mujeres: en los Juegos Olímpicos de Rio 2016, ante el mal comienzo de la selección masculina anfitriona y el buen debut de la femenina, abundaron las bromas y memes en redes sociales en los que se ridiculizaba al capitán de los hombres (Neymar) y se alababa a la capitana de las mujeres: Marta Viera da Silva.

 

A tal punto llegó esta disputa simbólica que muchos brasileros tachaban el nombre de Neymar en la espalda de sus camisetas futboleras y con marcador escribían debajo el nombre de la número 10 brasilera. Por desgracia, la selección femenina perdió la semifinal y acabó cuarta del certamen, mientras que los hombres se coronaron campeones y obtuvieron el único logro que les había sido esquivo: el oro olímpico.

Allí las cosas volvieron a la “normalidad” jerárquica. De nada valió recordar que Marta ya había superado en estadísticas a todos los colegas hombres de su país, incluso al mismísimo rey Pelé: pasó de largo los 95 goles que él había marcado en la Selección ‘verdeamarela’ y logró ser distinguida cinco veces como la mejor del mundo.    

Al comienzo de los Juegos Olímpicos Río 2016, los brasileños despreciaron al equipo masculino y ridiculizaron a Neymar, tachándole su nombre a las camisetas comerciales, y poniendo en su lugar el de  Marta (Viera da Silva), del equipo femenino.
La realización del torneo profesional femenino es producto del contexto internacional, en el que las mujeres del mundo han ganado el derecho a jugarlo y a ser reconocidas por los entes deportivos del orbe; pero también es resultado del desarrollo nacional de su práctica: basta dar un paseo por las canchas de barrio, escuelas y clubes para percatarse del tamaño de su práctica.

La feliz generación de Yoreli

Su realización es, entonces, un acto de justicia histórica, ante una expresión social que llevaba décadas de práctica invisible, casi siempre clandestina y muchas veces estigmatizada, situación que tuvo en el estupendo desempeño de la generación de Yoreli Rincón (perversamente llamadas “niñas súper-poderosas” en donde las infantilizan y caricaturizan) un elemento “parte-aguas”: a partir de sus conquistas deportivas, de sonada repercusión mediática, fue desdibujándose el prejuicio, se deshollinó el fútbol oculto de las mujeres y miles de niñas pudieron jugarlo inspiradas en los nuevos referentes que brillaban en torneos internacionales.

 

El éxito de la Selección Colombia femenina es a la vez causa y consecuencia de su práctica social: es imposible explicarla sin referirse a las miles de jugadoras que lo practicaban, con la carga negativa ya mencionada y también propició esa fiebre nacional que se evidenció en los records de asistencia de público, en la fase final de la primera liga femenina, que coronó como campeonas al Santa Fe.

 

Por supuesto que esto es apenas el comienzo: el año entrante todos los clubes deberán contar con equipos femeninos en el torneo, proceso que se extiende a todos los países asociados a la Fifa, que deberán promover el inicio de campeonatos de fútbol de mujeres en sus respectivos países.

 

Por donde se vea y pese a las críticas que puedan hacerse, lo conseguido es importante y disminuye la brecha de inequidad social con la mujer. Veremos que tanto nuestra sociedad comprende este importante paso y como este otro fútbol consigue que lo sigamos con entusiasmo.

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